Eterno retorno al corazón
Espero en un puerto donde nada haylo sigo en un viaje que no tiene fin.
Santa Sabina. “El camino es el deseo”
Cuatro cámaras de bombeo tiene el corazón. La sangre fluye y alimenta venas y arterias a lo largo de todo el cuerpo: vida. Cómo evitar la seducción de tal imagen tan cargada de significados a lo largo del tiempo: el corazón como símbolo del Amor, como símil de la fruta prohibida, obsequio preciado, codiciado, atesorado. También como expresión del dolor: atravesado por flechas, goteando sangre; o como imagen del vacío según Blake: El humano corazón su hambrienta garganta.
Minerva Margarita Villarreal sabe esto. A su llamado, Eros y Tanathos llegan a los ríos frescos de la poesía y tal reunión sólo motiva una pulsión vital, un hedonismo como actitud sobre esta realidad de duros tratos y aires corrompidos (que no se ignora, también está presente: Llevaba días la guerra en los altos de Chiapas…). Minerva nos tienta. Nos ofrece, aparentemente, su corazón y al caer en sus palabras ya estamos perdidos: caemos con ella. Pero esta caída nos confronta, hay que caer primero si después se quiere estar de pie, rozar la muerte para vivir con intensidad la experiencia amorosa, la fuerza necesaria para seguir con vida y crear, hacer más vida.
Y esto es un juego. “Aquí está mi corazón”, parece decirnos la poeta con el título del libro que nos presenta, (El corazón más secreto. Árido reino. Conarte/Mantis, 2003). El morbo despierta en nosotros, el deseo, hemos apenas lamido el fruto del conocimiento y ya ansiamos hincarle el diente.
Inicia el juego: El invierno estaba yéndose cuando lo descubrí… Nos dejamos seducir. Minerva se escuda tras la voz poética que como flecha va insertándose en puntos blandos que nos son familiares: los recuerdos, el acto de la memoria encumbrado en la nostalgia, la libido, el amor sensual, la pasión primeriza, el despecho, la pérdida del amor…
El corazón más secreto se convierte en el escenario en el que la voz poética va metamorfoseándose para no dejarnos escapar, lúbrica, húmeda, su voz es transparente porque es de agua, cada verso es un río y cada encabalgamiento una cascada donde vamos cayendo arrastrados por la empatía y la nostalgia amorosas. Así, nuestros ojos se topan de frente con Safo, con Leopoldo María Panero, con Octavio Paz, con Dante muy frecuentemente, con Lamia, con Lilit y cuando aparece la Gorgona hacemos un intento por cerrar los ojos pero ¡oh ilusión!, para ese momento el único suelo que nos espera es el que se encuentra al final del abismo, pues vamos cayendo, meciéndonos en los recovecos de los versos que zarandean nuestro cuerpo, nuestro deseo.
Entonces, descubrimos el universo poético articulado por el entramado de Eros y Tanathos, un espacio transparente porque todo se desnuda, porque la poesía actúa como luz que alumbra los rincones del corazón que en sacrificio se nos ofrece; pero también es arcano porque las metáforas insisten en custodiar la verdad dicha. Aunque quizás esto sólo subraye la desnudez ante la que estamos, pues que la verdad sea extrañificada la saca de su condición particular, íntima, y la vuelve universal, dispuesta no sólo a mostrar su desnudez sino también a lanzarnos flechas, a obligarnos a hacer nuestro el discurso, el entramado amoroso, justo tejido que es articulado en perfecta armonía entre la razón y la pasión, perfecta ecuación que da como resultado la más pura verdad: íntima y universal, cantada por la voz poética y por nosotros en un trance mimético, llevados por el deseo, por la nostalgia del recuerdo que se debate entre el pretérito y el futuro (y nosotros instalados en el presente, punto intermedio de las “Mareas”).
Viene la marea. Es el principio de este universo. La memoria viene y va intentando asir la verdad del pasado, construyendo ríos transparentes en el presente para saber quiénes seremos en el futuro. Instalados en el recuerdo, el viaje amoroso nos lleva a la remembranza del deseo: Otra época, otra la necesidad de romper/ los mismos desnudos cuerpos: vivirlos, acariciarlos,… Llegamos a la segunda estancia, las paredes comienzan a escurrir y con ellas nosotros en este espacio llamado “Acuarimantada” en el que más entregados al amor no podríamos estar, a pesar de la angustia de encontrarnos cayendo: El silencio se impone y nada comprendemos./ Por dentro se desmorona el óseo sacramento del amor… Atravesamos ese sitio para abordar un terreno semi-firme, una isla en la que el agua nos circunda divertida mientras pensamos “de aquí soy” porque reconocemos nuestro entorno: el contexto socio-político, la vida cotidiana, la ciudad y sus desencuentros, los hombres y mujeres que marcan la cultura, los amigos y amigas, los amores a la vuelta de la esquina: Y odio la corte de blancos corceles que cabalga alrededor de ti,/ odio a mis amigos traicionando la causa/ del no estar contigo;… Pero esto es sólo arena movediza, tercer espacio: “Insular”. Nos despedimos de la arena con el deseo en los labios, sedientos nos arrojamos, nos dejamos llevar a la última cámara de este corazón en la que descubrimos “La paga común de…”
Estamos empapados. Todo se agudiza. Esa búsqueda de los recuerdos, del deseo, ahí está, latente, vital. Los ríos y cascadas nos precipitan a la totalidad del mar, caemos en él sensuales, en su corazón, a punto de esparcirnos por las arterias del cuerpo que desea ser erotizado. Las palabras de la voz poética vuelven a ser de Minerva auque ya para entonces fueron nuestras. Al final, junto a Minerva, saboreamos la búsqueda/pérdida/revaloración del Amor en un banquete hedonista, vital, donde compartimos todo, felices y agradecidos con ella de haber encontrado en El corazón más secreto un trozo de verdad, la más pura, la que sólo se puede decir con poesía, como lo hace ella: No volví a ser la que fui, pero la que fue regresó con la verdad entre las manos… Entonces se pronuncia la poesía,/ su palabra se recarga y brota la lluvia de la densa nube;…
Sí desean ver la versión que publicó Milenio, ésta es a dirección:
http://www.milenio.com/nota.asp?id=248375
Si todavía están leyendo. Gracias.
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